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El dolor de la niñez (desde la visión de una primogénita)

En las redes sociales, medios de comunicación y en las reuniones familiares y entre amigos se suele hacer la referencia a los buenos tiempos de la niñez, cuando no había preocupaciones,  jugábamos desenfrenadamente, reíamos, no teníamos miedo a nada y perdonábamos al segundo siguiente que recibíamos las ofensas ¡qué gratos recuerdos! ¡cómo nos gustaría regresar a esa época! Y entonces borramos como por arte de magia todo lo que nos hizo daño, lo que nos marcó y lo que nos hizo ser los adultos que ahora somos,  se nos olvida que somos un reflejo de nuestra niñez o de cómo hemos superado esa etapa.

Desde mi experiencia como hermana mayor, es ahí donde empiezan un cúmulo de recuerdos y sentimientos que sólo tenemos los primogénitos. Todo empieza con ser el consentido de todos, somos niños seguros, llamamos la atención a donde sea que vamos, somos el centro de la vida de papás, tíos, abuelos, no hay competencia. Se nos enseña que merecemos el mundo y que la atención de todos es para nosotros. Y entonces de pronto en un rápido movimiento que no vimos venir nace un hermano.

Recuerdo en la lejanía que es ahora mi primera infancia que yo estaba contenta con la llegada de mi hermana, me sentía muy responsable, muy adulta… si una pequeña adulta, en eso me convertí y mi niña se fue a esconder en un rincón. Me sentía responsable de ese bebé que ni siquiera era mío. Y luego vino otra hermana y entonces sí me sentí por completo anulada de la atención de quien fuera.

Para colmo de mi niñez, mi hermana, la de en medio, era… es un torbellino. De pequeña era muy delgada y yo muy rellenita, eso también me marcó. Además ella tiene un carácter fuerte, tenía toda la seguridad del mundo, la misma que yo perdí cuando ella nació, aclaro que la amo con toda mi alma, a mis dos hermanas las adoro, pero es importante para mi reconocer como me sentía en esa idílica niñez para ahora como adulta poder superar esas pequeñas inseguridades.

Mi personalidad se vio nulificada o al menos escondida, me convertí en una hija muy responsable, muy bien portada, que nunca le contestaba a mamá, sacaba buenas calificaciones y esas cosas de los buenos hijos, pero en realidad no fue por convicción sino porque me enseñaron que como era la mayor de la familia era el ejemplo y todas (hermanas, primas y casi vecinas) querrían ser como yo, así que tenía que aplicarme, ahora veo que fue mucha esa responsabilidad para una niña sobre todo porque finalmente todas vivieron sus rebeldías y malcriadeces como quisieron, y yo sólo me limité.

Para colmo mis papás se divorciaron cuando yo tenía 7 años, y como la hija mayor que soy, fue a la única que le contaron que eso sucedería. ¡Sólo tenía 7 años! No podía, ni sabía, ni quería lidiar con el dolor de mis papás, era abrumador y a mis 31 años todavía me molesta que me hayan hecho pasar por eso.

Pero al parecer esto no fue suficiente para una niñez, también pasé por abusos sexuales, de los cuales no me enteré que eran eso hasta que fui una adulta, lo que me trajo algunos conflictos internos, más inseguridades, miedos y uno que otro trauma que he ido superando con el paso del tiempo, a través de muchas lágrimas derramadas, terapias y cursos, auto perdón… aunque siempre queda algo que sigue doliendo, enojando y dando miedo.

Y si, también tuvo su lado muy grato mi niñez. Recuerdo a mi abuelo diciéndome que a su lado nada malo me pasaría, aunque él se murió cuando yo tenía siete, pero fueron 7 grandiosos años de sentirme completamente protegida.

Fuimos muchas niñas en mi familia, lo que también fue divertido, tuvimos un mundo por armar, nuestra imaginación era nuestra mejor aliada, creamos lugares extraordinarios entre ríos, espadas, árboles e historias secretas.

Formamos una alianza que perdura hasta ahora con todo y nuestras personalidades tan distintas.

Así que sí, tuve una infancia feliz.

Algo me sujetaba

Yo me sentía muy libre, no tenía grandes responsabilidades y las que tenía las sorteaba con gran facilidad. Vivía bien. Al menos eso creía. Se me iba la vida entre libros, películas, novio, amante, escuela y el fin de semana con mis papás. Lo más grave que podía pasarme era alguna riña con mi hermana que nunca tardaba más de un día. Pero había algo que me sujetaba.

Y entonces decidí tener una familia propia. Al principio parecía una extensión de mi vida anterior a ese momento, ahora con más ventajas a mi parecer: tenía a mi amante todo el tiempo, dormía mucho, ya no había escuela. Me sentía en control de mis emociones, pero en el fondo había algo que me sujetaba.

Una tarde descubrí que estaba embarazada, fue un momento donde pude sentirme plena. Me sentía en la edad indicada y el momento ideal para que eso pasara. El embarazo fue un momento de mucha tranquilidad y mimos por parte de mi ya esposo. Fue una etapa muy de los dos. La primera patada la sentimos tanto él como yo.  Pero  otra tarde el bebé nació. Ya era mamá y no tenía idea de que hacer. Los días de incapacidad me sentí justo así incapacitada para cuidar un niño. Aunque ese niño era tranquilo y de mirada sabia yo sentía que no podría hacer el trabajo. Me sentía cansada, desesperada, lloraba todos los días, me sentía torpe y sola, irremediablemente sola y lo peor era sentir que ese niño me miraba y veía dentro de mí, él lo sabía todo y yo no sabía nada.  Todos mis miedos se hicieron palpables y agobiantes, todo lo que no me  había gustado en mi vida se vio manifestado y descontrolado.

No sé qué pasó. Hasta este día trato de entender qué me pasó. Como de un día a otro me volví neurótica, controladora, obsesiva. Con una angustia permanente de que podría perder algo.

En el último año se han generado muchos cambios en mi persona, en mi mente y en mis acciones. Descubrí cosas ocultas, cosas olvidadas, historias que me pertenecen.  Encontré una fuerza que no sabía que tenía.

Ahora voy con pasos más seguros. Me doy cuenta de la realidad y hago lo que está en mis manos para hacer de mí y de mi entorno un mejor lugar. Mi hijo me da nueva fuerza. Y aunque cada día me pregunto si estaré haciendo lo correcto con respecto a él. Sé que hago lo mejor que puedo, mejorando cada día.

Aprendí a aprender de todo y de todos. Aprendí que mi hijo es mi maestro, que lleva muchas más vidas vividas que yo y que sólo me queda tomar una bocanada de aire para despejarme y desatarme de esa desesperanza que me tenía sujeta.6494_119712888151_92713198151_2306428_6669963_n0