Archivo de la categoría: Inicio

Del camino espiritual y la libertad de elegir

En los últimos tiempos ha surgido la tendencia, como muchos dicen, o mejor dicho la urgencia de volver a contactar con nuestra esencia divina, de ser mejores personas, de volver a creer y estar presentes en nuestra vida. De reconectarnos con nuestra familia, nuestro entorno y con nosotros mismos. Para llegar a ese estado de gracia han aparecido muchas opciones, algunas muy profundas, otras muy arriesgadas y otras un tanto bizarras.

Hay tantos caminos espirituales como personas existimos. Cada una avanza a su ritmo, en su sendero. Algunos a tropezones y arrastrones, hay quienes van más entre silencios, otros moviendo su cuerpo.

Cada individuo, es eso, único, con preferencias, inteligencias, aptitudes y necesidades diferentes, a veces innentendibles para los demás. Debemos comprender que cada cual va a su propio ritmo evolutivo, con la práctica que más le acomoda.

Me sorprende ver que aquellos que se consideran más avanzados en este andar, que han trabajo más en su perfeccionamiento humano y espiritual, sean los más intolerantes y que de pronto se vuelven jueces en cuanto a qué y cómo se debe actuar en el camino de la luz. Y al final, no se dan cuenta que se vuelve eso: una actuación, pierde la esencia, el sentido, es como ir en reversa en el camino.

Aconsejémonos, demos opciones a los demás, acompañemos a cada cual en lo que haya decidido para vivir. Hagamos una revisión interna para saber que tanto creemos, que tanto compartimos y que tanto  necesitamos trabajar, todo desde el amor, la compasión, la compresión y la tolerancia. Que al final de cuentas es lo que toooodas las prácticas espirituales enseñan, no importa cómo, con que o con quien, los principios básicos son los mismos, sigámoslos, cada cual en el camino que eligió o que necesita.  eb54f3a374ce3f5d330a3243440ad1d2

Nació Adán

Nació Adán, tras 42 semanas de embarazo llegó a mis brazos. Fue un embarazo tranquilo y lleno de mimos y angustias. En cuanto supe que estaba embarazada y talvez aún antes, pensé que quería un parto natural y humanizado.

A mis casi 8 meses de embarazo, y por alguna diosidencia, encontré a la persona que me acompañaría en el proceso de nacimiento de mi hijo, la Dra. Guadalupe Blanco. Para mí conocerla fue un suceso. Ella no sólo fue mi ginecóloga, fue una compañera, una guía en el proceso. Resolvió todas mis dudas y las de Arturo, estuvo muy pendiente de mi evolución y nos ayudó a conocer y enfrentar los miedos que surgían a cada día. Es toda una profesional y un gran ser humano. Me hizo entender de modo sencillo y muy claro todo lo que trae un parto consigo, las etapas, los cambios, los miedos. Me hizo sentir segura y en control de mi cuerpo y mis emociones, decidiendo informada.

El trabajo de parto fue abrumador, fueron casi 24 horas desde que empezaron los dolores. Decidí que quería que mi bebé naciera en casa, así que cuando el momento se acercaba la Doctora llegó y también llegó Michelle Tinkler quien fue mi doula, ambas con toda su sabiduría y amor estuvieron con Arturo, conmigo y mi mami, en el proceso.

Ellos estuvieron apoyándome y conteniéndome. Llegó el momento en que sentí que ya no podía más, que no me daban las fuerzas y mi Doctora como una chamana en un proceso de iniciación me indicó el camino, no me dejó caer. Por su parte Michelle me acunó y confortó, me dio todo el apapacho posible, mi mamá me mantuvo alerta, me dejó ser, y Arturo compartió a mi lado y de mi mano, en silencio y con todo su amor el túnel por el que estaba pasando para dar a luz.

Finalmente el parto me superó y tuvimos que recurrir a la cesárea. Hubo temor de que me entristeciera que esto sucedió, pero no fue así, porque en todo momento mi doctora estuvo conmigo y mi doula también. Michelle estuvo dándome palabras de aliento durante la intervención, me abrió su corazón y fue quien me mostró a mi bebé recién nacido.

Tras el nacimiento estuvieron muy al pendiente de nosotros, tanto de mí, como de Arturo y el bebé. Vigilando una posible depresión, que con todo este apoyo no sucedió. Tuve un cierre del proceso de nacimiento, que se realizó a los 40 días, muy reconfortante.

No me arrepiento de ninguna de mis decisiones, ni del dolor, ni de nada. Todo fue en un proceso muy humanizado y amorizado. Gracias.

Fabiola es un ángel

fa

En alguna ocasión leí algo sobre un retiro que se realiza cada año y tiene un nombre hindú. Este evento es sólo para mujeres con hijos pequeños y hace referencia a una actividad que se realiza en algún pueblo de la India, donde las mujeres se van a casa de sus papás por una temporada con el fin de recargar energías, de volver a sentirse hijas, niñas en algún grado, donde comparten con sus hermanas, tías, madres, abuelas y demás féminas sus experiencias, sus miedos, sus penas y cuidan entre todas a los pequeños. Al volver a casa tienen el ánimo renovado.

Este año pude vivir esa experiencia en alguna escala. Estuve con mi familia, con mis mujeres, quienes me dan fuerza y soporte, me acunan, me aconsejan y me dan su amor incondicional: mi abuelita, mi mamá y mi hermana.

En esta ocasión mi hermana fue mi maestra. Ella es una mujer que aparenta mucha fragilidad, tanto física como emocional, pero en el fondo es como un lobo: es fuerte, es inteligente pero además es compasiva y amorosa, un poder intuitivo muy desarrollado, tiene lo que yo llamo un alma mágica. Te toca el corazón con sus palabras y te arropa con sus brazos, donde uno se siente tranquila.

Ella tiene brazos para cada niño, sin importar si son sus hijos, sus sobrinos, o algún desconocido. Ella juega, ríe, entiende, sana, comprende y acompaña a cada uno. Tiene amor para todos, tiene un remedio para cada mal que aqueje a los pequeños.

A veces no nota todo lo que puede hacer. Tiene la capacidad de resolver cada problema que se le presente, aunque en ocasiones se agobia porque no sabe lo poderosa que es.  Ha pasado por cosas difíciles que debe aprender a enfrentar y en ese proceso está. Seguro que también podrá con eso.

Creo que no se ha dado cuenta, pero ella es un ángel, un ángel al que amo con todo mi ser.

El dolor de la niñez (desde la visión de una primogénita)

En las redes sociales, medios de comunicación y en las reuniones familiares y entre amigos se suele hacer la referencia a los buenos tiempos de la niñez, cuando no había preocupaciones,  jugábamos desenfrenadamente, reíamos, no teníamos miedo a nada y perdonábamos al segundo siguiente que recibíamos las ofensas ¡qué gratos recuerdos! ¡cómo nos gustaría regresar a esa época! Y entonces borramos como por arte de magia todo lo que nos hizo daño, lo que nos marcó y lo que nos hizo ser los adultos que ahora somos,  se nos olvida que somos un reflejo de nuestra niñez o de cómo hemos superado esa etapa.

Desde mi experiencia como hermana mayor, es ahí donde empiezan un cúmulo de recuerdos y sentimientos que sólo tenemos los primogénitos. Todo empieza con ser el consentido de todos, somos niños seguros, llamamos la atención a donde sea que vamos, somos el centro de la vida de papás, tíos, abuelos, no hay competencia. Se nos enseña que merecemos el mundo y que la atención de todos es para nosotros. Y entonces de pronto en un rápido movimiento que no vimos venir nace un hermano.

Recuerdo en la lejanía que es ahora mi primera infancia que yo estaba contenta con la llegada de mi hermana, me sentía muy responsable, muy adulta… si una pequeña adulta, en eso me convertí y mi niña se fue a esconder en un rincón. Me sentía responsable de ese bebé que ni siquiera era mío. Y luego vino otra hermana y entonces sí me sentí por completo anulada de la atención de quien fuera.

Para colmo de mi niñez, mi hermana, la de en medio, era… es un torbellino. De pequeña era muy delgada y yo muy rellenita, eso también me marcó. Además ella tiene un carácter fuerte, tenía toda la seguridad del mundo, la misma que yo perdí cuando ella nació, aclaro que la amo con toda mi alma, a mis dos hermanas las adoro, pero es importante para mi reconocer como me sentía en esa idílica niñez para ahora como adulta poder superar esas pequeñas inseguridades.

Mi personalidad se vio nulificada o al menos escondida, me convertí en una hija muy responsable, muy bien portada, que nunca le contestaba a mamá, sacaba buenas calificaciones y esas cosas de los buenos hijos, pero en realidad no fue por convicción sino porque me enseñaron que como era la mayor de la familia era el ejemplo y todas (hermanas, primas y casi vecinas) querrían ser como yo, así que tenía que aplicarme, ahora veo que fue mucha esa responsabilidad para una niña sobre todo porque finalmente todas vivieron sus rebeldías y malcriadeces como quisieron, y yo sólo me limité.

Para colmo mis papás se divorciaron cuando yo tenía 7 años, y como la hija mayor que soy, fue a la única que le contaron que eso sucedería. ¡Sólo tenía 7 años! No podía, ni sabía, ni quería lidiar con el dolor de mis papás, era abrumador y a mis 31 años todavía me molesta que me hayan hecho pasar por eso.

Pero al parecer esto no fue suficiente para una niñez, también pasé por abusos sexuales, de los cuales no me enteré que eran eso hasta que fui una adulta, lo que me trajo algunos conflictos internos, más inseguridades, miedos y uno que otro trauma que he ido superando con el paso del tiempo, a través de muchas lágrimas derramadas, terapias y cursos, auto perdón… aunque siempre queda algo que sigue doliendo, enojando y dando miedo.

Y si, también tuvo su lado muy grato mi niñez. Recuerdo a mi abuelo diciéndome que a su lado nada malo me pasaría, aunque él se murió cuando yo tenía siete, pero fueron 7 grandiosos años de sentirme completamente protegida.

Fuimos muchas niñas en mi familia, lo que también fue divertido, tuvimos un mundo por armar, nuestra imaginación era nuestra mejor aliada, creamos lugares extraordinarios entre ríos, espadas, árboles e historias secretas.

Formamos una alianza que perdura hasta ahora con todo y nuestras personalidades tan distintas.

Así que sí, tuve una infancia feliz.

Algo me sujetaba

Yo me sentía muy libre, no tenía grandes responsabilidades y las que tenía las sorteaba con gran facilidad. Vivía bien. Al menos eso creía. Se me iba la vida entre libros, películas, novio, amante, escuela y el fin de semana con mis papás. Lo más grave que podía pasarme era alguna riña con mi hermana que nunca tardaba más de un día. Pero había algo que me sujetaba.

Y entonces decidí tener una familia propia. Al principio parecía una extensión de mi vida anterior a ese momento, ahora con más ventajas a mi parecer: tenía a mi amante todo el tiempo, dormía mucho, ya no había escuela. Me sentía en control de mis emociones, pero en el fondo había algo que me sujetaba.

Una tarde descubrí que estaba embarazada, fue un momento donde pude sentirme plena. Me sentía en la edad indicada y el momento ideal para que eso pasara. El embarazo fue un momento de mucha tranquilidad y mimos por parte de mi ya esposo. Fue una etapa muy de los dos. La primera patada la sentimos tanto él como yo.  Pero  otra tarde el bebé nació. Ya era mamá y no tenía idea de que hacer. Los días de incapacidad me sentí justo así incapacitada para cuidar un niño. Aunque ese niño era tranquilo y de mirada sabia yo sentía que no podría hacer el trabajo. Me sentía cansada, desesperada, lloraba todos los días, me sentía torpe y sola, irremediablemente sola y lo peor era sentir que ese niño me miraba y veía dentro de mí, él lo sabía todo y yo no sabía nada.  Todos mis miedos se hicieron palpables y agobiantes, todo lo que no me  había gustado en mi vida se vio manifestado y descontrolado.

No sé qué pasó. Hasta este día trato de entender qué me pasó. Como de un día a otro me volví neurótica, controladora, obsesiva. Con una angustia permanente de que podría perder algo.

En el último año se han generado muchos cambios en mi persona, en mi mente y en mis acciones. Descubrí cosas ocultas, cosas olvidadas, historias que me pertenecen.  Encontré una fuerza que no sabía que tenía.

Ahora voy con pasos más seguros. Me doy cuenta de la realidad y hago lo que está en mis manos para hacer de mí y de mi entorno un mejor lugar. Mi hijo me da nueva fuerza. Y aunque cada día me pregunto si estaré haciendo lo correcto con respecto a él. Sé que hago lo mejor que puedo, mejorando cada día.

Aprendí a aprender de todo y de todos. Aprendí que mi hijo es mi maestro, que lleva muchas más vidas vividas que yo y que sólo me queda tomar una bocanada de aire para despejarme y desatarme de esa desesperanza que me tenía sujeta.6494_119712888151_92713198151_2306428_6669963_n0

Soy

Soy el fuego, aire, agua y tierra

soy el metal y la madera

soy eterna y luminosa

me fundo contigo y con la tierra.

Corro con el río y entre mareas

fluyo con la luna y respiro entre tormentas

Soy incienso, sándalo, mirra y yerbabuena

Soy el beso, el cuerpo, la piel y las venas

Soy el amor, olvido y permanencia

Un dejo de olor, de perfume y de canela

Soy la vida, la muerte y mi existencia

 

Imagen