Archivos Mensuales: noviembre 2013

Algo me sujetaba

Yo me sentía muy libre, no tenía grandes responsabilidades y las que tenía las sorteaba con gran facilidad. Vivía bien. Al menos eso creía. Se me iba la vida entre libros, películas, novio, amante, escuela y el fin de semana con mis papás. Lo más grave que podía pasarme era alguna riña con mi hermana que nunca tardaba más de un día. Pero había algo que me sujetaba.

Y entonces decidí tener una familia propia. Al principio parecía una extensión de mi vida anterior a ese momento, ahora con más ventajas a mi parecer: tenía a mi amante todo el tiempo, dormía mucho, ya no había escuela. Me sentía en control de mis emociones, pero en el fondo había algo que me sujetaba.

Una tarde descubrí que estaba embarazada, fue un momento donde pude sentirme plena. Me sentía en la edad indicada y el momento ideal para que eso pasara. El embarazo fue un momento de mucha tranquilidad y mimos por parte de mi ya esposo. Fue una etapa muy de los dos. La primera patada la sentimos tanto él como yo.  Pero  otra tarde el bebé nació. Ya era mamá y no tenía idea de que hacer. Los días de incapacidad me sentí justo así incapacitada para cuidar un niño. Aunque ese niño era tranquilo y de mirada sabia yo sentía que no podría hacer el trabajo. Me sentía cansada, desesperada, lloraba todos los días, me sentía torpe y sola, irremediablemente sola y lo peor era sentir que ese niño me miraba y veía dentro de mí, él lo sabía todo y yo no sabía nada.  Todos mis miedos se hicieron palpables y agobiantes, todo lo que no me  había gustado en mi vida se vio manifestado y descontrolado.

No sé qué pasó. Hasta este día trato de entender qué me pasó. Como de un día a otro me volví neurótica, controladora, obsesiva. Con una angustia permanente de que podría perder algo.

En el último año se han generado muchos cambios en mi persona, en mi mente y en mis acciones. Descubrí cosas ocultas, cosas olvidadas, historias que me pertenecen.  Encontré una fuerza que no sabía que tenía.

Ahora voy con pasos más seguros. Me doy cuenta de la realidad y hago lo que está en mis manos para hacer de mí y de mi entorno un mejor lugar. Mi hijo me da nueva fuerza. Y aunque cada día me pregunto si estaré haciendo lo correcto con respecto a él. Sé que hago lo mejor que puedo, mejorando cada día.

Aprendí a aprender de todo y de todos. Aprendí que mi hijo es mi maestro, que lleva muchas más vidas vividas que yo y que sólo me queda tomar una bocanada de aire para despejarme y desatarme de esa desesperanza que me tenía sujeta.6494_119712888151_92713198151_2306428_6669963_n0

Soy

Soy el fuego, aire, agua y tierra

soy el metal y la madera

soy eterna y luminosa

me fundo contigo y con la tierra.

Corro con el río y entre mareas

fluyo con la luna y respiro entre tormentas

Soy incienso, sándalo, mirra y yerbabuena

Soy el beso, el cuerpo, la piel y las venas

Soy el amor, olvido y permanencia

Un dejo de olor, de perfume y de canela

Soy la vida, la muerte y mi existencia

 

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Hablemos de dolor

En los últimos años he notado que la forma más rápida de superar el dolor y el temor es hablando de ello. Guardarnos todo aquello que nos ha hecho daño solamente hace que la pena crezca, que se vuelva rencor, que nuestra mente y nuestro cuerpo vuelvan a sentir la angustia de ese suceso sin tener una vía de escape; lo que a la larga nos llena de amargura, nos cambia el semblante, nos vuelve neuróticos y nos lleva a un estado de infelicidad agobiante.
A mis pacientes siempre les digo que hablen, que escriban, que griten todo aquello que los atormenta y que tras ello vendrá un estado de calma interior inigualable.
Muchos de ellos me cuentan que lo han hecho, y que sí, han sentido “que les vuelve el alma al cuerpo”.
Lo que también he comprobado es que no es tan fácil como parece. Hablar de lo que nos duele, duele. Es remover toda la mugre que tenemos dentro y que no somos concientes de que está ahí, pero hay que remover para limpiar a fondo.
Desde hace 4 años tengo un deseo tremendo de tener otro hijo, tras intentarlo alrededor de un año por fin la prueba de embarazo dio positivo. Mi esposo, mi hijo y yo estábamos felices; a mi me daba miedo contarlo porque había tenido un aborto antes de tener a mi hijo, pero mi esposo no podía controlar su felicidad, se le desbordaba, se notaba en todo su ser, mientras que en el mío abundaba el temor.
Tras un mes de ilusión, fui a una cita médica donde me dijeron que Paula no iba a nacer, que en ese mismo instante me hospitalizarían para realizarme un legrado. Mi primera reacción fue de incredulidad, llamé a mi esposo para que llegara a recibir mis cosas y a hacer demás trámites y fue cuando lo vi que sentí que el mundo a mi alrededor se desvanecía y yo en él. Fue un dolor tan profundo porque no sólo era mi pena sino la del amor de mi vida. Estaba sola en una habitación llena de mujeres pariendo o a punto de parir, y lo que más me preocupaba era que mi esposo estaba solo en la sala de al lado. Quería abrazarlo y consolarlo, pero estaba a una enorme distancia de mis brazos.
Cuando salí de ahí casi no lloré, pretendía estar muy fuerte, no quería que mi hijo y mi esposo se preocuparan de mi dolor, él ya tenía el suyo lo suficientemente grande.
Mi mamá sufrió mucho pues sabía la ilusión que yo tenía de tener otro hijo, de tener muchos hijos. Pero llegó fuerte a verme, a darme consuelo y entonces hizo lo más grande que pudo haber hecho, llevarse unos días a mi hijo con ella para que yo pudiera entonces llorar sin miedo.
No pude contárselo a casi nadie en ese momento. Creo que de mi boca lo supieron 3 personas, no podía decirlo, me daba pena, sentía vergüenza de mi pérdida. Así pasaron casi tres años. Si lo mencionaba no podía evitar llorar.
La mayoría de las personas a mi alrededor me preguntaban y me siguen preguntando que “¿para cuando el otro?” Siempre respondía que pronto, que no sabía si ya quería otro, cuando Dios quiera, el próximo año y cada vez que me preguntaban sentía como mi estómago se contraía y me daban nauseas y me daba rabia, casi tanta como me daba cuando volvía a menstruar porque no he podido embarazarme de nuevo.
Esa sensación empezó a desaparecer cuando empecé a hablar de mi pérdida, porque cuando empecé a hablar muchas más empezaron a hablar conmigo de ello, noté que no soy la única, vi que puedo superarlo y que cada día duele menos.
Me preguntaron si no me realizaré estudios para ver cual es el problema. Hasta este día he decidido que no. Empecé a dejar la rabia, el dolor y el temor para notar todas las bendiciones que tengo conmigo. Tengo un hijo, el mejor de los hijos, es la bendición más grande en mi vida, así que he vivido plenamente la maternidad. Además tengo un esposo que, sin temor a decirlo, me ama más que a nadie. Tengo una familia que me apoya y me respalda a cada paso, que me sostiene y me acompaña. Ahora celebro el ser mujer, el ser madre, esposa, hija y estar viva.
Para poder notar y valorar todo lo que soy tuve que empezar a hablar, así que instó a todos a hacerlo, exorcicemos nuestros dolores, nuestros temores, nuestra rabia, nuestra desesperanza para poder vivir la vida que debemos vivir.